Cuántas veces nos convertimos en esclavos de nuestro pensamiento y ahogamos a nuestros sentimentos con la razón. Messi nos enseñó que en ocasiones hay que dejarse arrastrar, literalmente, por el corazón. Dejó que el impulso de sus latidos lo empujara y que la fe lo condujera al triunfo. Leo la clavó con el escudo, con el emblema de los colores que simbolizan el sentir de tantos otros corazones.
El instinto, no más. Actuar en vez de pensar. Sentir en vez de razonar. Reaccionar al estímulo con valentía, con decisión, sin cuestionárselo. Porque a menudo sólo podemos lograr lo que desea el corazón si no dejamos que nos limite el pensamiento. Confiar, y no subestimarnos. Messi no se paró a pensar que el balón caía muy lejos para poner la bota. No reparó en que bajaba demasiado deprisa para meter la cabeza. Simplemente abrió los brazos y voló como un ángel. Como un semidiós caído del cielo que solventó cual Deus ex machina la tragedia épica griega con argumento heroico en la que se había convertido la final. Nunca lo había visto celebrar un gol con tanto sentimiento, con tanta rabia, con tanta entrega. Con tanta pasión.
Y Guardiola lloró. Se liberó de la tensión acumulada y estalló en un llanto que derrumbó todas las angustias. Un gol ilegal en contra. Dos penaltis clamorosos a favor omitidos. Un rival duro en exceso que practicó el antifútbol, ni jugó ni dejó jugar. Un árbitro demasiado permisivo con unos y muy estricto con otros. Nada pudo detener al Barça. Nadie ha podido hacerlo en los últimos quince meses y evitar que se corone como el equipo más grande de la historia. Las lágrimas, los sollozos de Guardiola son el reflejo material del vértigo, la plenitud de llevar a la cima mundial y marcar un hito histórico con el club de tu corazón.
Una nueva página preciosa para la novela romántica que es el Barça de Pep. Amante de la poesía, los versos que componen los futbolistas en cada jugada escriben cada día otro capítulo de la historia de amor del Barça de Guardiola. Apareció una vez más el talismán Pedro para iniciar el milagro con su gol de oportunismo. Entró contra todo pronóstico Jeffren, que tiró del carro como un veterano, revolucionó el partido y cargó con gran parte de la responsabilidad. Un ejemplo más de que la prolífica cantera del Barça no tiene fin y sigue regalando talentos por doquier.
Los ya consagrados Valdés, Puyol, Piqué, Busquets, Xavi y Messi. Los emergentes Pedro y Bojan. El fuera de serie Iniesta, ayer ausente y muy añorado. Además, la estrella Ibrahimovic, que ha disipado todas las dudas sobre su calidad infinita. Los cracks de ‘clase media’ como Touré, Keita o Alves. Trabajadores esforzados como Henry o Abidal. El artífice de todo, Guardiola. La efeméride de las seis copas es el triunfo de un grupo de hombres que aman este deporte. Que juegan con el corazón. Que nos llenan a todos de amor…


No se puso nervioso. Con el control encaró la portería y esperó. Sin que le temblara el pulso, mantuvo un duelo psicológico con el portero hasta que el cancerbero no aguantó, clavó la rodilla y se inclinó para cubrir el palo largo. Con seguridad, precisión y tranquilidad, Don Pedro la picó por el espacio corto para hacer entrar el balón en la portería y su nombre en la historia del fútbol. Un gol de combinación, de clase, de complicidad, de precisión, de preciosismo. Un tanto que nos recordó al Barça que nos enamoró el año pasado. Un honor que hace justicia al trabajo bien hecho. De un ‘metrosesenta’, un pequeño más de la cantera del Barça cuya astucia le permite ser un rey en tierra de gigantes.
“I used to rule the world…” El escalofrío es inevitable. Suenan las primeras notas de violín de ‘Viva la Vida’ de Coldplay y se nos ponen los pelos de punta a todos. Cerramos los ojos y vemos a Messi que se alza majestuosamente, gira el cuello con solvencia y acomoda con mimo en las mallas el centro de Xavi. Un balón suave. Más que un centro, una caricia. Recordamos el gesto de Eto’o golpeándose con rabia las venas para dedicar el gol a su padre. “Llevo tu sangre… y en la sangre llevo el gol”, parecía reivindicar. La imagen se desvanece y aparece Puyol en el Bernabéu. Besa el brazalete con orgullo, con entrega, con pundonor. Con ese coraje que sólo él tiene. El capitán levantó tres copas en mayo y dos más en agosto.
“Feel the fear in my enemies’ eyes, listen as the crowd would sing…” Saltar al campo con la máxima concentración. Saludar al contrario con el máximo respeto. “Sentir el pánico en los ojos de mis adversarios, oír como canta la multitud…” El Barça es favorito. Todos los contrarios le temen. Todo el público lo vitorea, lo admira, lo apoya. Es el nuevo paradigma del fútbol mundial, debe responder a ese mérito con un reconocimiento oficial en forma de trofeo.