Nov 092009

El frío ya está aquí. El viento helado sacude con fuerza los cabellos y ningunea los ropajes que cubren los cuerpos. El frío polar que ha aparecido por sorpresa se desliza por debajo de la piel con sigilo y se apodera de los músculos sin previo aviso. Se pierde la sensibilidad de los dedos, las articulaciones no responden a las órdenes del cerebro. Los reflejos disminuyen y la capacidad de reacción mengua por momentos. Los ojos se achinan y las mandíbulas se aprietan. Los nervios y los tendones se ponen alerta en una falsa tensión que no hace sino limitar aún más la capacidad de movimiento.

Guardiola, como todo el Barça, víctima del frío

Guardiola, como todo el Barça, víctima del frío

Resulta difícil desenvolverse con soltura. Actuar con la frescura habitual, sonreír con picardía y llevar a cabo nuestros propósitos y quehaceres con la diligencia de siempre. Quizás será que el frío ha venido así, de una vez, sin previo aviso. Hace dos días el sol entraba por los ventanales e inundaba el comedor con un halo dorado. Todo luz, todo risas, todo fiestas. Todo amor. Todo palmaditas en la espalda. Eran días de júbilo, celebración y satisfacción por el trabajo bien hecho. Pero eso ya pasó.

El calor se ha ido y toca ponerse el mono de trabajo. El maquiavelismo parece, por ahora, el modo menos doloroso de afrontarlo. Si se desgasta en la creación, en los preámbulos, preludios o preliminares, no se está a la altura en el clímax, en el momento decisivo de culminar la faena. Quizá sea más rentable ceder protagonismo al lado más tosco, menos espectacular y más efectivo, y dejar los malabares para tiempos más proclives. Con el frío todo se vuelve oscuro, no es momento para exhibiciones ni alardes de grandeza. Sin luz, lo más inteligente es cumplir con los objetivos mínimos, aunque el procedimiento no sea el más deseable.

Los pequeños, la alegría de la casa

Los pequeños, la alegría de la casa

Por suerte, siempre quedan los ‘pequeños’. Cualquier destello de los bajitos es capaz de inyectarnos una dosis extra de vitalidad. Nos arrancan con su bondad una sonrisa sincera, celebramos su felicidad y una simple mueca o carcajada suya nos ensancha el corazón. Nos regalan uno de sus dibujos, de trazo travieso y juguetón, y suspiramos. Nos inspiran ternura, instinto de protección, compromiso. Disfrutan y nos hacen disfrutar. Sonríen y nos hacen sonreír.

Cuando se descongelará la sangre que ahora es piedra volveremos a disfrutar con ellos. Con su imaginación sin límite. Con su descaro, con el ímpetu y las ganas que ponen siempre. Los pequeños detalles, el perfeccionismo, los matices con que se adornan y que nos emborronan la vista y nos hacen sentir orgullosos de ellos. Porque el frío siempre huye, es cobarde. Y los pequeños siempre ríen, siempre. A ellos la temperatura les afecta, pero de un modo distinto. Su inocencia les impide acongojarse o cohibirse por algo tan simple como los cambios atmosféricos. La vida, para ellos, es mucho más sencilla: juegan solos, juegan entre ellos, se buscan, se encuentran, se persiguen… se divierten. Y sonríen. Los pequeños siempre sonríen.

Posted by Joan Tejedor Tagged with: , , , , , ,