
Iniesta, en el suelo tras recibir falta
Iniesta es un rey. Majestuoso, elegante, sobrio. Comedido en la palabra, protocolario. Nunca una expresión fuera de lugar. Es un rey mago, el rey blanco de rostro bonachón y expresión inocente que hace las delicias de niños y adultos con su arte y su imaginación. Correcto en el discurso, guarda siempre las formas. Da igual si llueven elogios o arden las críticas. Responde a las carantoñas con un gesto de cortesía y esconde una sonrisa de timidez. Y cuando le critican o le cosen a patadas arquea las cejas, comprime los labios y encaja el golpe con cara de circunstancias, como si fuera parte del trato.
Pero hay ocasiones en que la diplomacia y la bonhomía natural no permiten pasar por alto la hipocresía y la mala educación. Si no, que se lo pregunten a Don Juan Carlos. La actitud chulesca, las malas artes y artimañas, la manipulación, la descalificación personal y gratuita. La expresión prepotente de un Cristiano que no va tan sobrado como pretende sacó de sus casillas a Iniesta. El portugués se cree dotado con un poder magnánime sobre los demás y adopta una actitud dictatorial que sus devotos adoran y sus críticos odian a morir.

Cristiano se lamenta tras el gol del Barça
El presidente de la tupinada y antihéroe para muchos quiso dar lecciones de juego limpio al rey de la transparencia democrática. Él, que en la final de Roma estuvo más pendiente de pegar sin balón a escondidas del linier que de darle al cuero. Que en el partido del domingo se tiró encima de Piqué para luego reclamar penalti como un niño caprichoso que protesta porque él mismo ha roto su juguete. Para los madridistas, pena máxima clarísima y robo arbitral. Y si no, siempre quedará el cuento del láser. Oh, sí, ‘villarato’, canguelo, bla, bla bla.
Nada, nada. Imperativo del verbo nadar, se entiende, porque fue un vil piscinazo más del señor de la trampa. Y si realmente no fue penalti, que alguien le hubiese explicado antes el cuento del pastor mentiroso y el lobo que se comió a su rebaño. Xavi quizá podría explicarle algo de eso. No basta con ser honrado, también hay que aparentarlo. Andrés lo aparenta y lo es, y eso le da un crédito suficiente para tener algún ramalazo de vez en cuando. Fue gracioso ver la faz cándida de Iniesta encarándose con la expresión de asco aristócrata de Ronaldo. Los golpecitos en el pecho incluso nos despertaron una brizna de sentimiento maternal. Ya hay más de ochenta mil fans en Facebook, qué buenrollistas somos todos. Una vez fue gracioso, pero que no se acostumbre. Él es mucho más que eso. Él, a diferencia de otros, puede permitirse el lujo de hablar sólo con el balón en los pies. No necesita sacar pico, pecho y gomina. Porque jugando al fútbol no hay nadie que pueda toserle.


