Andrés Iniesta celebró su partido 200 con una soberbia actuación. Lo bordó en cada pase, en cada toque, en cada jugada, en cada desborde. Don Andrés, por fin, volvió a rayar a un nivel prácticamente como el de la pasada temporada. Le ha costado dejar atrás la lesión muscular que le martirizó en verano, pero Iniesta ha regresado para encarar el tramo decisivo de la campaña, cuando más lo necesita el Barça. Y, además, lo adornó con una reedición de la que quizás sea la jugada más recordada que hizo el año pasado. Un palmo de terreno, dos rivales, una media vuelta… y piel de gallina. Puro arte.
Iniesta en el Bernabéu, burlándose de todo el madridismo:
Iniesta en el Camp Nou, deleitando al respetable culé:
Iniesta también tiene canción. Hace unos días colgué la canción oficial de Leo Messi. Hoy os dejo una que encontré dando vueltas por youtube cuyo autor desconozco. Advierto que es pegadiza, y encarna la alegría v la vivacidad que desprende el manchego cuando juega:
Control de guante blanco, cabeza fría, toque sutil. Sólo 22 años y Leo Messi ya ha superado el centenar de goles oficiales con el Barça. Goles de bellísima factura, como la vaselina el domingo pasado ante el Tenerife. Demostraciones de potencia, velocidad y técnica, como el ‘maradonazo’ ante el Getafe. Preciosista belleza plástica, como el cabezazo ante el Manchester en la final de Champions. Dotados de gran carga simbólica y emotiva, como el gol con el escudo y el corazón en Abu Dhabi. Es el sello de Messi, la estampa del “Pie de Oro”, como titula la canción oficial de Leo Messi, que interpreta La Banda del Tigre Ariel. Por si no la conocen, se la dejo en un vídeo. Nuevas felicitaciones para Leo.
“Si perdéis, seguiréis siendo el mejor equipo del mundo. Si ganáis, seréis eternos”, dijo Pep a sus hombres antes de saltar al campo. Serán eternos. Quizás, algún día, alguien pueda llegar a igualarles. Pero ya nadie los podrá superar. Son los más grandes de la historia por méritos propios. Trabajo, humildad, sacrificio. Voluntad, entrega, lucha, ganas. Satisfacción. Recompensa. Grandeza sin parangón. Enhorabuena campeones, la historia es vuestra.
Pep Guardiola es un elegido. Hace unos días felicité a Messi por su Balón de Oro con el poema Si, de Rudyard Kipling. Las lágrimas de Guardiola me hicieron ver que en realidad es el técnico del Barça el que cumple todos y cada uno de los requisitos “para ser un Hombre, hijo mío.”
Guardiola: cabeza fría, corazón caliente
Guardiola es quien mantiene la calma cuando los demás la pierden y le critican a él si el Barça hace un partido gris u obtiene un mal resultado. Confía en si mismo cuando los demás dudan de él, y al mismo tiempo logra comprender las dudas que genera. Sueña, claro que sueña. Como todos. Pero él no se convierte en esclavo de sus sueños. Las multitudes lo aclaman, pero no por ello pierde la inocencia. Caminará en la historia junto a los más grandes, pero siempre llevará la humildad como consigna y como bandera. Guardiola no teme al triunfo ni al fracaso, y se enfrenta a ambos de la misma forma. Sólo él es capaz de llenar ese minuto de gloria con sesenta segundos que miran al futuro, ambicionar los retos que están por venir en vez de conformarse con lo que ya conseguido, por muy grande que sea.
Por eso gana. Por eso su equipo nunca baja los brazos y siempre muestra el mismo deseo, la misma hambre, las mismas ansias de victoria, de títulos y de gloria. Un buen amante de la literatura me confesó que lloró la primera vez que leyó el poema de Kipling y se sintió retratado en él. Por eso mismo lloró Guardiola. Conozca o no la composición del poeta, ha sabido huir de Los hombres huecos que describió Thomas S. Eliot y conseguir la plenitud del hombre que profetizó su contemporáneo Kipling.
Se ha escrito y mucho sobre Guardiola estos días. Pero no hay perfil más real, retrato más fiel de la personalidad del técnico blaugrana que el ideal de plenitud del hombre que diseñó Rudyard Kipling. Se lo dediqué a Messi porque puede llegar a lograrlo. No puedo evitar volver a ponerlo y dedicárselo a Guardiola, pues es el paradigma perfecto de su contenido.
IF (Si) – Rudyard Kipling
Si puedes mantener la calma cuando todos los que te rodean
la estén perdiendo y te culpen a ti;
Si puedes confiar en ti mismo cuando los demás duden de ti
y al mismo tiempo puedes comprender sus dudas;
Si puedes esperar y no desesperar,
o, aun sabiendo que te mienten, no caer en el engaño;
O saber que te odian y no sentir odio,
y aún así no parecer superior ni hablar con excesiva sabiduría;
Si puedes soñar – y no convertirte en esclavo de tus sueños;
Si puedes pensar – y que las ideas no sean tu objetivo;
Si puedes enfrentarte al Triunfo y al Fracaso
y tratar a estos dos impostores de la misma forma.
Si puedes lograr que se conozcan las verdades que has dicho
aunque sean tergiversadas por truhanes para engañar a los necios,
o contemplar cómo se rompen las cosas por las que diste tu vida
e inclinarte a reconstruirlas con herramientas gastadas;
Si puedes acumular todas tus ganancias
y arriesgarlas en un solo envite,
y perder, y empezar de nuevo, desde el principio,
y no mencionar ni una palabra acerca de la derrota;
Si puedes forzar a tu corazón, y a tus nervios, y a tus tendones
para que trabajen por ti después de que te hayan abandonado
y así aguantar cuando nada en ti hay
excepto la Voluntad, que les dice: “¡RESISTID!”
Si puedes hablar con las multitudes y mantener la inocencia
o caminar junto a Reyes sin perder el contacto con la humildad;
Si ni enemigos ni amigos verdaderos pueden herirte,
si todos cuentan contigo pero nadie lo hace en gran medida;
Si eres capaz de llenar ese minuto de gloria
con sesenta segundos que miran al futuro,
tuya es la Tierra y cuanto en ella existe,
Y -lo que es más importante- SERÁS UN HOMBRE, ¡HIJO MÍO!
Cuántas veces nos convertimos en esclavos de nuestro pensamiento y ahogamos a nuestros sentimentos con la razón. Messi nos enseñó que en ocasiones hay que dejarse arrastrar, literalmente, por el corazón. Dejó que el impulso de sus latidos lo empujara y que la fe lo condujera al triunfo. Leo la clavó con el escudo, con el emblema de los colores que simbolizan el sentir de tantos otros corazones.
El instinto, no más. Actuar en vez de pensar. Sentir en vez de razonar. Reaccionar al estímulo con valentía, con decisión, sin cuestionárselo. Porque a menudo sólo podemos lograr lo que desea el corazón si no dejamos que nos limite el pensamiento. Confiar, y no subestimarnos. Messi no se paró a pensar que el balón caía muy lejos para poner la bota. No reparó en que bajaba demasiado deprisa para meter la cabeza. Simplemente abrió los brazos y voló como un ángel. Como un semidiós caído del cielo que solventó cual Deus ex machina la tragedia épica griega con argumento heroico en la que se había convertido la final. Nunca lo había visto celebrar un gol con tanto sentimiento, con tanta rabia, con tanta entrega. Con tanta pasión.
Y Guardiola lloró. Se liberó de la tensión acumulada y estalló en un llanto que derrumbó todas las angustias. Un gol ilegal en contra. Dos penaltis clamorosos a favor omitidos. Un rival duro en exceso que practicó el antifútbol, ni jugó ni dejó jugar. Un árbitro demasiado permisivo con unos y muy estricto con otros. Nada pudo detener al Barça. Nadie ha podido hacerlo en los últimos quince meses y evitar que se corone como el equipo más grande de la historia. Las lágrimas, los sollozos de Guardiola son el reflejo material del vértigo, la plenitud de llevar a la cima mundial y marcar un hito histórico con el club de tu corazón.
Una nueva página preciosa para la novela romántica que es el Barça de Pep. Amante de la poesía, los versos que componen los futbolistas en cada jugada escriben cada día otro capítulo de la historia de amor del Barça de Guardiola. Apareció una vez más el talismán Pedro para iniciar el milagro con su gol de oportunismo. Entró contra todo pronóstico Jeffren, que tiró del carro como un veterano, revolucionó el partido y cargó con gran parte de la responsabilidad. Un ejemplo más de que la prolífica cantera del Barça no tiene fin y sigue regalando talentos por doquier.
Los ya consagrados Valdés, Puyol, Piqué, Busquets, Xavi y Messi. Los emergentes Pedro y Bojan. El fuera de serie Iniesta, ayer ausente y muy añorado. Además, la estrella Ibrahimovic, que ha disipado todas las dudas sobre su calidad infinita. Los cracks de ‘clase media’ como Touré, Keita o Alves. Trabajadores esforzados como Henry o Abidal. El artífice de todo, Guardiola. La efeméride de las seis copas es el triunfo de un grupo de hombres que aman este deporte. Que juegan con el corazón. Que nos llenan a todos de amor…
“I used to rule the world…” El escalofrío es inevitable. Suenan las primeras notas de violín de ‘Viva la Vida’ de Coldplay y se nos ponen los pelos de punta a todos. Cerramos los ojos y vemos a Messi que se alza majestuosamente, gira el cuello con solvencia y acomoda con mimo en las mallas el centro de Xavi. Un balón suave. Más que un centro, una caricia. Recordamos el gesto de Eto’o golpeándose con rabia las venas para dedicar el gol a su padre. “Llevo tu sangre… y en la sangre llevo el gol”, parecía reivindicar. La imagen se desvanece y aparece Puyol en el Bernabéu. Besa el brazalete con orgullo, con entrega, con pundonor. Con ese coraje que sólo él tiene. El capitán levantó tres copas en mayo y dos más en agosto.
“Solía gobernar el mundo…”, recuerda melancólico Chris Martin con un tímido susurro. Hace unos meses el Barça gobernó España con la copa y la liga. Gobernó Europa con la Champions. Rubricó su dominio imperial con ambas Supercopas. Es la hora de dar un paso más. El definitivo. Es el momento de dominar, por fin, el mundo. Dar el salto definitivo, el golpe sobre la mesa que lo consolide como el club más grande del planeta. Es hora de recuperar la sintonía absoluta, la simbiosis perfecta entre cada uno los miembros del preciso engranaje de su esquema para alzarse con el cetro mundial. Por capacidad y por méritos, el Barça debe ganar el Mundialito.
“Feel the fear in my enemies’ eyes, listen as the crowd would sing…” Saltar al campo con la máxima concentración. Saludar al contrario con el máximo respeto. “Sentir el pánico en los ojos de mis adversarios, oír como canta la multitud…” El Barça es favorito. Todos los contrarios le temen. Todo el público lo vitorea, lo admira, lo apoya. Es el nuevo paradigma del fútbol mundial, debe responder a ese mérito con un reconocimiento oficial en forma de trofeo.
“People couldn’t believe what I’ve become”. Podría decirlo Messi, el niño que emigró de Argentina porque no podía crecer y ha acabado siendo Balón de Oro. Podría decirlo Iniesta, el crío que se pasaba el día llorando en la Masia porque echaba de menos a sus padres y ha llegado a ser el jugador más desequilibrante del planeta. Podría decirlo Piqué, el adolescente que se marchó a Manchester porque tenía las puertas del primer equipo cerradas. Podrían decirlo Puyol, Valdés o Xavi, cuya calidad para liderar al Barça se ha puesto en tela de juicio más de una vez. Cualquiera de ellos, si mira hacia atrás, podría pensar que hace unos años “la gente no podría creer lo que he llegado a ser”. Pero lo son. Su esfuerzo, sacrificio y talento innato les han llevado a ser la columna vertebral del que quizás es el mejor equipo de la historia.
El aire huele a grandeza. Se mastica un triunfo épico, una efeméride de las que pasan a la historia como gestas heroicas. El Barça puede cerrar en Abu Dhabi un ciclo victorioso sin precedentes y poner el contador a cero para empezar de nuevo a partir de enero. El triunfo es necesario para asestar el impulso definitivo a un club que lo merece. Para dejar atrás viejos complejos. Para evolucionar a la especie, pues se supone que las nuevas generaciones llegan para mejorar. Para acallar de una vez críticas injustas e infundadas. Este Barça se merece el respeto, el elogio, la admiración, el reconocimiento de toda persona que ame el buen fútbol. Es lo que pasa cuando “sueles gobernar el mundo”.
Si puedes mantener la calma cuando todos los que te rodean la estén perdiendo y te culpen a ti;
Si puedes confiar en ti mismo cuando los demás duden de ti y al mismo tiempo puedes comprender sus dudas;
Si puedes esperar y no desesperar,
o, aun sabiendo que te mienten, no caer en el engaño;
O saber que te odian y no sentir odio,
y aún así no parecer superior ni hablar con excesiva sabiduría;
Si puedes soñar – y no convertirte en esclavo de tus sueños;
Si puedes pensar – y que las ideas no sean tu objetivo;
Si puedes enfrentarte al Triunfo y al Fracaso
y tratar a estos dos impostores de la misma forma.
Si puedes lograr que se conozcan las verdades que has dicho
aunque sean tergiversadas por truhanes para engañar a los necios,
o contemplar cómo se rompen las cosas por las que diste tu vida
e inclinarte a reconstruirlas con herramientas gastadas;
Si puedes acumular todas tus ganancias
y arriesgarlas en un solo envite,
y perder, y empezar de nuevo, desde el principio,
y no mencionar ni una palabra acerca de la derrota;
Si puedes forzar a tu corazón, y a tus nervios, y a tus tendones
para que trabajen por ti después de que te hayan abandonado
y así aguantar cuando nada en ti hay
excepto la Voluntad, que les dice: “¡RESISTID!”
Si puedes hablar con las multitudes y mantener la inocencia
o caminar junto a Reyes sin perder el contacto con la humildad;
Si ni enemigos ni amigos verdaderos pueden herirte,
si todos cuentan contigo pero nadie lo hace en gran medida;
Si eres capaz de llenar ese minuto de gloria
con sesenta segundos que miran al futuro,
tuya es la Tierra y cuanto en ella existe,
Y -lo que es más importante- SERÁS UN HOMBRE, ¡HIJO MÍO!
[Rudyard Kipling, If]
Guardiola, en su etapa como futbolista, solía decir que “La frase tópica de yo no tengo que demostrar nada es una grandísima equivocación. Pensar que has hecho mucho es una manera de estancarte”. Tres de los cuatro mejores jugadores del mundo fueron educados en La Masia blaugrana. Dos de ellos, Xavi e Iniesta, tuvieron siempre a Pep Guardiola como ídolo y referente a seguir. El técnico luchará para que no caigan en el narcisismo y sigan trabajando con humildad y esfuerzo como hasta ahora. Una máxima reza que “lo más difícil no es llegar, sino mantenerse en la cima”.
Xavi e Iniesta también son grandes
Hoy es día de celebración. Para Messi, número uno indiscutible del mundo desde que se proclamó campeón olímpico y completó una temporada de ensueño, como estandarte del Barça del Triplete. Para Xavi, porque Di Stéfano dijo una vez que “no hay mejor jugador que todos los jugadores juntos”. Y Xavi sabe dar esa harmonía al equipo y potenciar la excelente calidad de sus compañeros para convertirla en excelsa. Y para Iniesta, el gran ‘olvidado’ en la edición pasada no puede esconderse más por mucho que ame la discreción: su fútbol embelesador está sólo al alcance de los elegidos. El objetivo a partir de ahora: superarse. Puede parecer difícil, pero no es imposible. Son tres grandes futbolistas y además son tres personas íntegras, con la cabeza en su sitio, la mentalidad correcta y el entorno más deseable.
El campeón doblegó al líder. O el líder sucumbió ante el campeón, como gusten. El partido se decidió por el difuso umbral que distingue a un equipo ganador de un equipo campeón. El Madrid jugó como nunca. El Barça, en cambio, jugó como siempre. Entregarse al máximo con esfuerzo, sacrificio y humildad debe ser la regla, no la excepción.
Puyol, inconmensurable en defensa
Vimos al mejor Madrid de la temporada. Qué digo. En el primer tiempo vimos al mejor Madrid de las últimas ocho temporadas. Kaká se quitó la máscara y e hizo temblar al respetable con su clase mundial. Cristiano detuvo los más de 90.000 corazones de la parroquia en más de una ocasión. Ofreció sensación de peligro, o más bien de alarma, y por momentos parecía que iba a romper su maleficio ante el Barça. Lass y Xabi Alonso acordonaron el centro del campo. Los blaugrana no encontraban huecos, y sin espacios es imposible practicar el ‘pinball’ de la filosofía Barça. El que juegan los pequeños cuando se ponen a tocar, tocar, tocar, tocar, tocar…
Pero allí estuvo Valdés. Como en Roma. Como en París. Como el año pasado ante el Chelsea y ante el (mismo?) Madrid. Allí estuvo Piqué. Anticipándose a todo con elegancia, con sangre fría. Estuvo Puyol, que derrochó coraje y puso corazón donde faltaban piernas, interceptando a la heroica tres disparos que eran medio gol. Allí estuvo Messi, vigilado como nunca y dando la cara como siempre. Iniesta, que se ofreció, creó espacios y puso destellos de fantasía y matices de velocidad. También Xavi, que puso orden y trató el balón con calidez para derretir la avalancha blanca. Poco estuvo Henry, que trabajó e incluso pudo marcar en un centro chut que se envenenó. Incansable trabajo oscuro del francés, que no brilló pero se vació. Le salió bien a Guardiola jugar sin un punta fijo ante el Inter. La mayor versatilidad arriba fue la clave del Barça para abrir la lata italiana, y Pep apostó por premiarlo con la continuidad.
Ibrahimovic, efectivo y determinante
El Barça se asomó tras el descanso. Los blancos acusaron el esfuerzo y el Barça empezó a ponerse cómodo. Por algo jugaba en casa. Volvió el toque, la triangulación, la rapidez en el juego. Y volvió Ibrahimovic. Llegó y besó el santo. Apertura a la banda, ‘banana’ de Alves desde segunda línea y volea letal del ariete. Potente, autoritario, contundente. Providencial y decisivo, por eso se le fichó. La puerta se había derrumbado. La fortaleza estaba abierta, a punto para ser tomada. Quince minutos fulgurantes que auguraban una segunda parte orquestal para el Barça. Pero la partitura se desafinó con la expulsión de Busquets. El concierto se fue al garete y el Barça tuvo que ponerse el mono y el casco, el uniforme de desgaste, de oficio, de veteranía, de inteligencia. El traje de picapedrero que paseó por Europa el año pasado. La actitud de equipo campeón que lo coronó.
Qué gozada. Qué partidazo. Qué festival, qué homenaje, qué homilía de fútbol atractivo en el templo del Camp Nou. Vibrante. Emocionante. Igualado. Dos equipos que jugaron al ataque, sin tapujos, sin complejos, con las espadas al aire y el pecho descubierto en una batalla a cara de perro en que ninguno de los dos fue cobarde. Ambos querían ganar. Ambos pudieron ganar. El Madrid pudo empatar. El Barça la tuvo para sentenciar. Pero el marcador no se movió y la tabla sí: los azulgrana vuelven a estar en la cumbre. Ser campeón de liga no es flor de un día. Es fruto de la constancia y de trabajo, trabajo… y más trabajo.
Por fin llega. El partido más esperado de la primera vuelta ya está aquí: el Real Madrid de Florentino Pérez visita el Camp Nou como líder de la liga. Messi e Ibrahimovic trabajan a contrarreloj para estar al cien por cien. Touré ha dejado atrás la gripe A; y Xavi, Iniesta, Piqué, Pedro, Busquets y los demás exhibieron el martes un fútbol de exposición, de museo, ante todo un Inter de Milán.
Cristiano Ronaldo demostró el miércoles que está recuperado y quiere ser titular. Kaká necesita reencontrarse con su mejor versión tras un inicio de campaña irregular y Benzema quiere confirmar su progresión ascendente en las últimas jornadas. Higuaín llega en estado de gracia, Raúl y Guti en horas bajas, y a Sergio Ramos, Casillas, Lass y compañía aún les escuece la herida del 2-6 del último ‘clásico’.
Frente a frente los dos mejores jugadores del mundo. Messi por el Barça, el equipo con un fútbol más bello, más vivaz, más alegre, más dinámico, más estético. Un estilo que enamora. Cristiano por el Madrid, un grupo de grandes jugadores con pegada letal, fuerza, decisión, desequilibrio y mucho corazón. Un estilo que mata. Un Madrid líder que vence pero no convence frente a un Barça que recupera las buenas vibraciones y que quiere volver a arrebatar la ‘pole position’ al eterno rival. El espectáculo está servido.
ABRIMOS LA PORRA DE ‘LA FINTA DEL LOCO’. HAZ TU APUESTA EN LOS COMENTARIOS. MUCHA SUERTE!!
Eto’o pasó completamente desapercibido el día de su regreso al Camp Nou. Ovacionado cuando su nombre sonó por megafonía, pues dejó muy buen recuerdo en la mayoría de los aficionados culés, e incluso llegó al corazón de algunos. Tuvo el recibimiento que merece alguien que ha dado tres Ligas y dos Champions, entre otros, al club que apostó fuerte por él.
A partir de ahí, nada más. Sus pobres estadísticas se limitaron a un disparo fuera de banda y dos piscinazas desesperados. Tocó pocos balones en campo propio y casi ninguno en terreno ajeno. Confirmó lo que tanto tiempo había alegado el sector de la afición que lo quería lejos del Camp Nou: Eto’o es un delantero centro nada excepcional, incluso más bien del montón. Es torpe técnicamente con el balón en los pies, no va bien de cabeza, su visión de juego es bastante limitada, dispara al muñeco con frecuencia… por algo nunca se alzó con la Bota de Oro. Encajó en el engranaje de fútbol perfecto del Barça porque sus únicas virtudes, la velocidad en carrera, la mordiente en el arranque, la potencia física y la tenacidad mental le permitieron dejarse arrastrar por la inercia del fútbol vertiginoso de Xavi, Iniesta, Messi y antaño también Deco y Ronaldinho.
Diplomático, como siempre, agradeció “de corazón” con esa sonrisa postiza tan suya el cariño que le brindó su antigua afición. Pero esos ojitos de brillantes y esa sonrisa de collar de perlas ya no engañan a nadie. Los que lo adoran, siempre lo idolatrarán. Quienes lo desprecian, seguirán viendo en sus palabras protocolarias y su máscara de felicidad una voluntad de adquirir un carisma que nunca ha tenido. Cuestión de ‘feeling’, supongo. La pólvora no explota si no se le prende fuego. Y para muchos Eto’o sigue siendo el culpable de que el vestuario del Barça explotara con sus ‘piropos’ a Ronaldinho y Rijkaard el día de los enamorados de 2007, cuando el Barça era líder de una liga que acabaría regalando.
Eto’o no es un superclase. Basta ya de engañarse a sí mismo y pretender engañar a los demás. Cuando tiene enfrente a un defensa de talla mundial como Piqué, Puyol, Márquez, Terry o Carvalho siempre sucumbe. Desaparece. Se borra. Son guerras que nunca podrá ganar porque sabe que no son para él. Nunca ha sido un líder positivo, no ha sido capaz de conjurar al grupo y tirar del carro en el vestuario y en el campo. Basta ya de querer colgarse esa etiqueta mediática que nadie se cree.
El camerunés no era el único ex azulgrana que regresaba al Camp Nou. El canterazo Thiago Motta estuvo incluso más ‘leñero’ que de costumbre, lejos de ser aquél centrocampista capaz de anular a Lampard y Essien en octavos y a Pirlo y Kaká en cuartos de la Champions 2006. La mejor versión de Xavi y un Iniesta muy cerca del nivel que nos tenía acostumbrados brillaron con luz propia y desquiciaron a Motta y a todo el centro del campo interista, que les brindó el espacio necesario para escribir poesía con el balón. Lo decíamos el otro día: los pequeños siempre sonríen. El otro que volvía es Quaresma. Testimonial. Un talento infinito con una trayectoria perdida que desemboca en ninguna parte. Los ex de capa caída y el Barça resucitado, a punto de recuperar el mejor nivel. El domingo llega el Madrid. Prepárense para disfrutar.
Pedro ha obtenido su cátedra con todos los honores ante el Inter de Milán. Partido de vida o muerte para el Barça. Si no ganaba, podía quedar con un pie fuera de la Champions. Hubiese sido el segundo golpe bajo de una semana trágica que empezó con la pérdida del liderato liguero y que culmina con la visita del Madrid, que llega como líder, el domingo. Pero en los momentos difíciles aparecen los grandes jugadores, y Pedro ha demostrado que tiene madera de líder y mentalidad fuerte para convertirse en un jugador clave en los partidos decisivos.
Atrevido, descarado, eléctrico, participativo. Protagonista sin pretenderlo. Ha ridiculizado una, dos, tres, las veces que ha querido al mejor lateral derecho del mundo, Maicon. El brasileñó soñará con un dorsal diecisiete de figura esmirriada y poco más de metro sesenta de estatura que hizo diabluras con los pies y lo bailó con la cintura. No se arrugó el canario ante la planta de su marcador, a pesar de las malas artes con que le cosieron a golpes Maicon y Zanetti. Con el argentino ya le costó más. Perro viejo curtido en mil frentes, cubrió casi a la perfección la espalda de su compañero. Pero eso no impidió que Pedro desbordara a sus anchas y saliera victorioso y a hombros tras cortar el rabo y las orejas con un gol de pícaro, de ganar la espalda y saber estar en el lugar preciso.
Figo, en el palco, debió verse reencarnado en esa flecha de pelo engominado hacia atrás. Sin alardes, sin tatuajes, sin pendientes. Sin llamar la atención con gestos exhibicionistas. Habla suficiente con su fútbol. Desde el portugués que el Barça no tenía un extremo a la antigua usanza de garantías. Su relevo podría ser Pedro si confirma su progresión. Un futbolista que cuando debutó parecía que iba a ser carne de segunda, como en su día fueron Sergio Santamaría, Juan Carlos Moreno, Jofre Mateu, Toni Velamazán, Haruna Babangida y un largo etcétera de extremos de la Masia que bien por precocidad o por no tener la calidad o el temperamento necesarios se estrellaron al dar el salto al Camp Nou.
Pedro dio ayer un nuevo golpe sobre la mesa en su corta pero meteórica carrera como profesional. Ha madurado a marchas forzadas, aunque no parece pasarle factura. No acusa la presión ni la responsabilidad. La temporada pasada se graduó como escudero de lujo y aprovechó los minutos que tuvo. Obtuvo la licenciatura en forma de contrato profesional en verano, cuando pasó a ser jugador de la primera plantilla. En pretemporada aprobó un doctorado-express con su primer tanto oficial y resultó clave para ganar la Supercopa de España. Rodeado del lujo de Mónaco se sacó un Master ‘Cum Laude’ tras revolucionar el encuentro y sentenciar la Supercopa de Europa con la sangre fría de un veterano.
Lleva un total de diez goles en lo que va de año y ha tirado del carro y empujado al equipo en partidos de perfil bajo, como el día del Mallorca. Es el único que ha marcado en todas las competiciones que ha disputado. Si lo hace en el Mundialito de Clubes va a ser el primer jugador de la historia que ‘moja’ en las seis competiciones distintas la misma temporada. Sería bonito y, por qué no, motivo de orgullo que un chaval humilde, trabajador, discreto y de la casa fuese pionero en este galardón simbólico.