“Soy distinto: todos dicen que el espectáculo son los goles. Mi objetivo es evitarlos”, reflexionaba un guardameta protagonista de un spot publicitario. Cierto, los porteros son unos tipos extraños. En un deporte llamado balompié, son los únicos que pueden (es más, ¡quieren!) tocar el balón con las manos. Los goles son la esencia, el clímax, el punto orgásmico de este deporte. El público los espera con deleite, los delanteros lo buscan con ansia, los jugadores los celebran con rabia y efusividad. Los goles llenan corazones y rompen gargantas de júbilo. Los goles crean abrazos de la nada, provocan besos en un chispazo. Son una fuente de identificación con el prójimo, un creador de vínculos afectivos a nivel social.
El portero es un personajillo cruel que disfruta con la frustración de los demás. Ese bote eléctrico de un resorte en las piernas, ese brazo alargado, esa manopla cazamoscas que evita un gol que ya cantaban miles de gargantas. Los gritos se silencian con una amargura rasposa en cada una de las laringes. Se aprietan los dientes y se cierran los ojos con fuerza. Muchos se tapan la cara y algunos incluso patalean enrabietados. Entonces se levanta el portero, erguido, con postura sobria i desafiante, se sacude… y se ríe. Se ríe, da palmadas con fuerza y berrea algún vocablo ininteligible. Nadie más a su alrededor comprende lo que siente en ese momento. Le rodean quizá 100.000 almas y nadie más puede empatizar con su sentir. La magnificencia de tumbar centenares de ilusiones con tan sólo un manotazo. Sus compañeros lo abrazan, lo felicitan y piensan: “estás loco… pero eres un genio”.
Sí, los porteros están locos. Ya hemos dicho que son crueles, que se divierten con el sufrimiento de los demás. Son los típicos niños que en el recreo pisaban caracoles para oír el crujir de la concha al romperse, quemaban gusanos con una lupa o arrancaban las antenas a las hormigas de cabeza roja para que se volvieran agresivas. Les enloquece el sentimiento de poderío, que se convierte en euforia y les da fuerzas para luchar contra la máxima expresión del deporte rey: el gol. El portero es ese niño que, mientras los demás correteaban detrás de un pedazo de cuero, él se quedaba cual ermitaño solitario a custodiar su barraca… y a pisar cualquier caracol que pasara por allí.
Héroes de nada en la victoria, culpables de todo en la derrota. Hartos del estigma que persigue al guardameta, una pequeña rebelión se ha husmeado en la última jornada de la liguilla de Champions: nada menos que dos porteros han marcado en esta semana. El primero, un habitual: Butt, del Bayern de Múnich, transformó el primer gol de su equipo desde los once metros en la goleada en feudo de la Juventus (1-4). El otro, un desconocido: Sinan Bolat, del Standard de Lieja, se ha convertido en héroe de su equipo al cabecear a la red el empate a uno que daba al Standard el billete para la Europa League. Un salto majestuoso, gira el cuello con elegancia y remata con potencia un obús directo a la misma escuadra. Imparable. Él lo sabe mejor que nadie, seguro. Si hay algún comentarista belga que sea culé, seguro que no ha podido evitar gritar aquello de “Kaiserlauteeeeeeeern… Kaiserlauteeeeeeeeern…!!!”
Un gol que recuerda al histórico tanto de Palop ante el Shakhtar de Donetsk, también de cabeza en el tiempo añadido, que clasificó al Sevilla para la final en que ganaría su segunda UEFA consecutiva…
Ja deia jo que aquest titular ja l’havia vist porai…
PD: “¡Eh! ¿¡Eso es roja, no!? ¿¡¡ROJA!!?” xD
“y algunos incluso patalean enrabietados”. Aquests els conec molt bé… XP, que no de Windows.
El pitjor enemic d’un porter és un altre porter… Sabem tots els punts febles!!
I ahir la història casi es repeteix…
ostieeeee!!!!!!!
peró si sembla lo puto Benji!!!!!
XDXD