El campeón doblegó al líder. O el líder sucumbió ante el campeón, como gusten. El partido se decidió por el difuso umbral que distingue a un equipo ganador de un equipo campeón. El Madrid jugó como nunca. El Barça, en cambio, jugó como siempre. Entregarse al máximo con esfuerzo, sacrificio y humildad debe ser la regla, no la excepción.

Puyol, inconmensurable en defensa
Vimos al mejor Madrid de la temporada. Qué digo. En el primer tiempo vimos al mejor Madrid de las últimas ocho temporadas. Kaká se quitó la máscara y e hizo temblar al respetable con su clase mundial. Cristiano detuvo los más de 90.000 corazones de la parroquia en más de una ocasión. Ofreció sensación de peligro, o más bien de alarma, y por momentos parecía que iba a romper su maleficio ante el Barça. Lass y Xabi Alonso acordonaron el centro del campo. Los blaugrana no encontraban huecos, y sin espacios es imposible practicar el ‘pinball’ de la filosofía Barça. El que juegan los pequeños cuando se ponen a tocar, tocar, tocar, tocar, tocar…
Pero allí estuvo Valdés. Como en Roma. Como en París. Como el año pasado ante el Chelsea y ante el (mismo?) Madrid. Allí estuvo Piqué. Anticipándose a todo con elegancia, con sangre fría. Estuvo Puyol, que derrochó coraje y puso corazón donde faltaban piernas, interceptando a la heroica tres disparos que eran medio gol. Allí estuvo Messi, vigilado como nunca y dando la cara como siempre. Iniesta, que se ofreció, creó espacios y puso destellos de fantasía y matices de velocidad. También Xavi, que puso orden y trató el balón con calidez para derretir la avalancha blanca. Poco estuvo Henry, que trabajó e incluso pudo marcar en un centro chut que se envenenó. Incansable trabajo oscuro del francés, que no brilló pero se vació. Le salió bien a Guardiola jugar sin un punta fijo ante el Inter. La mayor versatilidad arriba fue la clave del Barça para abrir la lata italiana, y Pep apostó por premiarlo con la continuidad.

Ibrahimovic, efectivo y determinante
El Barça se asomó tras el descanso. Los blancos acusaron el esfuerzo y el Barça empezó a ponerse cómodo. Por algo jugaba en casa. Volvió el toque, la triangulación, la rapidez en el juego. Y volvió Ibrahimovic. Llegó y besó el santo. Apertura a la banda, ‘banana’ de Alves desde segunda línea y volea letal del ariete. Potente, autoritario, contundente. Providencial y decisivo, por eso se le fichó. La puerta se había derrumbado. La fortaleza estaba abierta, a punto para ser tomada. Quince minutos fulgurantes que auguraban una segunda parte orquestal para el Barça. Pero la partitura se desafinó con la expulsión de Busquets. El concierto se fue al garete y el Barça tuvo que ponerse el mono y el casco, el uniforme de desgaste, de oficio, de veteranía, de inteligencia. El traje de picapedrero que paseó por Europa el año pasado. La actitud de equipo campeón que lo coronó.
Qué gozada. Qué partidazo. Qué festival, qué homenaje, qué homilía de fútbol atractivo en el templo del Camp Nou. Vibrante. Emocionante. Igualado. Dos equipos que jugaron al ataque, sin tapujos, sin complejos, con las espadas al aire y el pecho descubierto en una batalla a cara de perro en que ninguno de los dos fue cobarde. Ambos querían ganar. Ambos pudieron ganar. El Madrid pudo empatar. El Barça la tuvo para sentenciar. Pero el marcador no se movió y la tabla sí: los azulgrana vuelven a estar en la cumbre. Ser campeón de liga no es flor de un día. Es fruto de la constancia y de trabajo, trabajo… y más trabajo.

Eto’o pasó completamente desapercibido el día de su regreso al Camp Nou. Ovacionado cuando su nombre sonó por megafonía, pues dejó muy buen recuerdo en la mayoría de los aficionados culés, e incluso llegó al corazón de algunos. Tuvo el recibimiento que merece alguien que ha dado tres Ligas y dos Champions, entre otros, al club que apostó fuerte por él.
Diplomático, como siempre, agradeció “de corazón” con esa sonrisa postiza tan suya el cariño que le brindó su antigua afición. Pero esos ojitos de brillantes y esa sonrisa de collar de perlas ya no engañan a nadie. Los que lo adoran, siempre lo idolatrarán. Quienes lo desprecian, seguirán viendo en sus palabras protocolarias y su máscara de felicidad una voluntad de adquirir un carisma que nunca ha tenido. Cuestión de ‘feeling’, supongo. La pólvora no explota si no se le prende fuego. Y para muchos Eto’o sigue siendo el culpable de que el vestuario del Barça explotara con sus ‘piropos’ a Ronaldinho y Rijkaard el día de los enamorados de 2007, cuando el Barça era líder de una liga que acabaría regalando.
Pedro dio ayer un nuevo golpe sobre la mesa en su corta pero meteórica carrera como profesional. Ha madurado a marchas forzadas, aunque no parece pasarle factura. No acusa la presión ni la responsabilidad. La temporada pasada se graduó como escudero de lujo y aprovechó los minutos que tuvo. Obtuvo la licenciatura en forma de contrato profesional en verano, cuando pasó a ser jugador de la primera plantilla. En pretemporada aprobó un doctorado-express con su primer tanto oficial y resultó clave para ganar la Supercopa de España. Rodeado del lujo de Mónaco se sacó un Master ‘Cum Laude’ tras revolucionar el encuentro y sentenciar la Supercopa de Europa con la sangre fría de un veterano.

