Oct 282009

“Desconfío de todos los sistemáticos y me aparto de su camino. La voluntad de sistema es una falta de honestidad.” (F. Nietzsche, filósofo alemán)

guti e higuain

No aprenden. Año tras año, ridículo tras ridículo, siguen dando palos de ciego, andan a trompicones. Avanzan a salto de mata escudados en victorias ajustadas, más agónicas que épicas, ante rivales de poca entidad que caen más por el pánico simbólico que les provoca el escudo del Real Madrid que el juego de los blancos.

Resulta complicadísimo alcanzar el éxito si uno mismo no sabe por qué lucha, cuál es su causa ni a dónde se dirige. El Madrid pretende ser un equipo incisivo, pero ninguna de sus líneas se deja la piel en ahogar al rival con la presión. Presume de jugar por las bandas, pero los extremos se ven limitados a la hora de desbordar porque suelen jugar a pierna cambiada. Derrocha millones y más millones de euros en fichar a centrales contrastados que siempre naufragan en una defensa que hace aguas por todos los lados.

Buscan jóvenes promesas que pagan a precio de oro para que exploten y se hagan jugadores de talla mundial en el Madrid, y sólo consiguen acumular un fiasco detrás de otro. Compran botas de oro que se convierten en botas de plomo. Hace casi una década que un jugador de la cantera no se convierte en titular indiscutible, y los que se marchan acaban triunfando fuera del club (y que no se les ocurra volver si no quieren ver cómo se hunde su carrera).

“Un equipo de fútbol no es sólo un álbum de cromos en que pones a los jugadores para que queden bonitos, es mucho más que eso”, decía Valdano en la pretemporada. Pero Florentino, oídos sordos. Los delirios de grandeza del ‘Ser Superior’ le han llevado a repetir la actitud que le perdió en su primer mandato: llenar el vestuario de nombres comerciales a costa de tener una plantilla conformista y descompensada. Llegan tarde las disculpas después del ridículo a manos de un Alcorcón que pareció el Chelsea.

Florentino podría cobrarse la cabeza del técnico si la imagen del Madrid no mejora pronto

Pellegrini es un títere igual que en su día lo fue Carlos Queiroz. Un monigote al que le imponen el ‘once’ que debe poner en el campo, aunque toda mente con nociones básicas de fútbol sepa que es imposible que encajen como engranaje productivo. Florentino no puede evitar llenarse la boca con el señorío y la caballerosidad del club blanco a pesar de las acusaciones de fraude fiscal y de deudas millonarias que le acechan. Nietzsche sostenía que “la voluntad de sistema es una falta de honestidad.” Será pues que el señorío del Madrid reside sólo en la honestidad que supuestamente otorga no tener sistema alguno, y por ello el mandamás blanco huye de los sistemáticos y los aparta de su camino. Igual que podría apartar a Pellegrini en las próximas semanas si la imagen del Madrid no mejora, paradójicamente, por no tener sistema.

La panda de vejestorios del Milán le dio al Madrid una lección que los blancos parecen no aprender a pesar de sus reiterados fracasos temporada tras temporada: sólo con nombres no se va a ninguna parte. Ronaldinho, Pirlo, Gatusso, Inzaghi, Pato, Huntelaar, Seedorf, Zambrotta, Nesta, Dida, Flamini, hasta hace poco Kaká, Shevchenko, Maldini, Cafú, Costacurta… Sobre el papel, una de las tres plantillas más potentes del mundo. Sobre el campo, una burda caricatura de lo que debe ser un equipo campeón.

La derrota ante el Sevilla, primer rival fuerte este año, fue un primer aviso que se confirmó ante un flojo Milán al que el Madrid permitió resucitar. El empate a nada (ni goles, ni juego en el Molinón) ante el Sporting despertó los peores augurios que se han confirmado hoy en Alcorcón. Una vez superado el ‘efecto Cristiano’, los rivales le vuelven a perder el respeto a un Madrid que, por muchas figuras que reúna, no asusta ni por actitud, ni por juego y ya ni siquiera por potencial o expectativas. Y parece que en la capital no quieren enterarse…

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Oct 242009

Ronaldinho satisfechoRonaldinho respondió a la última llamada de Marcos López en Futbolitis. Y a los minimalistas que amamos el buen fútbol, a los que se nos enturbian los ojos con los pequeños detalles reservados sólo al aprecio de auténticos sibaritas, se nos volvió a poner la piel de gallina por momentos. Verle galopar por la izquierda, encarar a Pepe y dejarlo atrás con una elástica y un cambio de ritmo nos trasladó cuatro años atrás. El que en esa jugada no se acordó del segundo gol de Ronnie la noche que salió ovacionado del Bernabéu vestido de blaugrana, que levante la mano y lo tacharemos de mentiroso.

El Milán saltó al campo acomplejado, sabedor de que se ha convertido en un cementerio de elefantes donde se han unido para morir futbolísticamente titanes como Pirlo, Gatusso, Seedorf, Nesta, Dida o el mismo Ronaldinho. Pero la actitud del brasileño fue distinta: el gaúcho llegó para “disfrutar y hacer disfrutar”, como gusta decir. Para recordar quién fue a una afición que no le perdona una de las humillaciones más sonrojantes que han sufrido los blancos en su estadio. Sólo una herida que sigue abierta explica los insultos, pitos y abucheos con que lo acribillaron cada vez que tocó el balón.

“Ya no soy el que era, pero fui mucho mejor futbolista de lo que nunca llegará a ser ningún jugador del actual Madrid”, parecía reivindicar con destellos de la eterna clase que nunca perderá. Se sintió cómodo, supo crear un ambiente íntimo e intimista. Se permitió el lujo de sonreír al balón, su amor platónico, acomodarlo con suavidad en el hombro, cerca del oído y a tocar de los labios, y susurrarle cuánto lo quiere aún y cuánto lo ha echado de menos. “Ya estoy aquí, pequeña, no llores más”, le debió decir en un suspiro que ni siquiera pudo interrumpir un manotazo de Lass.

Ronaldinho volvió a tratar al balón con mimo y delicadeza

Ronaldinho trató al balón con mimo y delicadeza

El niño que aún lleva dentro sonrió de nuevo. Y cuando sonríe, se gusta. Y cuando se gusta es capaz de marcarse un par de taconazos provocadores, hacerle un ‘cañito’ a Raúl para marcar la jerarquía (que no se le ocurra pensar al ‘7’, todo entrega y todo lucha, que por muchos años que resista en la élite –algo digno de admirar, lo suyo, por otro lado- en algún momento ha sido mejor futbolista de lo que fue el brasileño en su clímax) o sentar a Sergio Ramos con una bicicleta y un túnel para recordarle que si aún tiene las caderas enteras es gracias a la clemencia y a la piedad que Ronnie tuvo en su día. Y por si aún quedaba algún fantasma por resucitar, el eslálom por la banda izquierda que emuló su día de gloria en el coliseo blanco.

Y casi todo lo hizo, como describía con gracia Enric Bañeres en Mundo Deportivo, “como si bailara un chotis: sin moverse de lo que sería una baldosa.”  Porque no, Ronaldinho no es el de antes. Ni lo volverá a ser. “Renovarse o morir”, dice el tópico, y a él le ha tocado renovarse. Porque los dos últimos años no estuvo muerto. En todo caso, de parranda. Por eso ha perdido la forma física y la musculatura de atleta que le convertían en imparable a la carrera. Pero su talento infinito y su imaginación sin límite pueden todavía ofrecernos muchos instantes de lagrimilla y ovación. Él mismo asume que su rol ahora es secundario, al servicio del equipo, y se ha marcado como objetivo que “Pato gane el balón de oro con mis asistencias.”

Adelante, llámenle tullido. Ríanse de él. Digan que no es ni una sombra de lo que fue, y que ya no se va ni de su sombra. Táchenle de borracho, drogadicto, putero y todo lo que les venga en gana. Llénense la boca de sandeces que, ciertas o no, podrán mancillar su imagen como persona, pero nunca podrán borrar lo que hizo en el terreno juego. La revolución futbolística que llevó a cabo está a la altura de lo que logró la Naranja Mecánica de Cruyff con su “organización desorganizada” (otro día lo analizaremos en profundidad). La fiebre social que le acabaría ahogando fue incluso superior a la que en su época sufrió Maradona a nivel internacional.

Ronaldinho es, se le reconozca o no, la quinta corona de la historia del fútbol. Cuando lo vean jugar en la actualidad, no esperen ver al mago que un día conocieron. Es más, no esperen nada, absolutamente nada. De este modo cada mínimo detalle, un simple atisbo o un pequeño destello de su estilo vistoso y espectacular les evocará un recuerdo hermoso. Cerrarán los ojos y lo verán atravesar victorioso el Bernabéu. O silenciando Stamford Bridge con una ‘punterinha’, o cualquier otra genialidad que algún día nos brindó. Verán cómo entonces se les dibuja una sonrisa relajada, se les encoge un poco el corazón, mientras evocan una frase que una vez me dijo un sabio y que seguro les hará sentir mejor: “Nostalgia. Pero seguiremos caminando.”

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Oct 202009
henry

Henry no pasa por un buen momento en este inicio de temporada

¿Cuánto hace que no eres tú mismo? ¿Cuánto hace que no coges el balón en el centro del campo y, con un cambio de ritmo, dejas sentado a tu marcador y en una carrera de cuarenta metros haces morder el polvo a todo aquél que se cruce en tu camino?

Sientes cómo las virtudes que te hicieron grande se desvanecen, y no quieres reconocerlo. Te justificas con excusas de mal pagador (cambios de posición en el campo, faltas inexistentes y demás) por miedo a reconocer que te sientes una sombra del que llegaste a ser. Pretendes engañar a los demás, pero no logras ni siquiera engañarte a ti mismo.

No, no eres el de siempre. Te falta la chispa, la fuerza, la seguridad, la potencia, el despliegue físico que antaño te encumbraron. Sin ellos no eres más que un espectro que se arrastra. La ansiedad por recuperarte a ti mismo se traduce en dos zapatos de cemento que te mantienen clavado en el suelo. Y eso te coacciona de manera que aún es más difícil que te atrevas a recobrar tu fútbol.

Te escondes. Siempre pides el balón al pie, no buscas los espacios por miedo a descubrir que cualquier lateral es más rápido que tú. Ya no te la juegas en el uno contra uno por miedo a descubrir que has perdido el arranque, la habilidad, ese latigazo endiablado que durante años rompió cinturas. Ahora prefieres jugar el balón en corto. Y cuando te ves obligado a encarar a tu marcador, lo haces a cámara lenta, sin convicción. Esperas al mínimo contacto para irte al suelo y reclamar una falta que normalmente no existe.

Es duro al mismo tiempo que comprensible. La frustración de ver cómo te pierdes y no poder hacer nada para evitarlo desquicia a cualquiera. Pero tú siempre serás un grande. Una referencia para el adolescente que te vio resucitar en el Arsenal después de tu calvario en la Juventus. El devoto que suspendió un examen para acudir a tu presentación con el Barça sólo te bajará del altar para llevarte en el corazón.

La temporada pasada hiciste buena la máxima que, aunque la condición física se vea mermada, nunca se pierde la elegancia, la sobriedad, la exquisita técnica con la que has sido dotado. Sumadas a la humildad y el esfuerzo, aún pueden convertirte en un jugador decisivo. Cuando has nacido destinado a hacer algo, nada debe hacerte renunciar a tus sueños. Ni siquiera los momentos de flaqueza tan propios en el ser humano y que tan a menudo nos impulsan con facilidad a renunciar a nuestras metas.

No sucumbas a ello. Tú naciste para el fútbol. Lo has demostrado de sobra en incontables ocasiones. Te resarciste después de tu ostracismo en Italia. Puedes volver a hacerlo ahora, sólo depende de ti. Sé que es un arma de doble filo, úsala por el correcto.

No pretendo ser destructivo ni hurgar en la herida, al contrario. Te pido que des todo lo que llevas dentro, que te exprimas en los años que te quedan y que te retires a la altura del jugador que has sido. Dentro de muchos años mirarás atrás, repasarás tu trayectoria y descubrirás que del primer al último día siempre andaste como te mereces. Con la cabeza alta. Con todos los honores.

Ánimo, Tití. Y no olvides lo que es el HONOR.


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Oct 172009

Andrés Montes

“El himno del Barça es al fútbol lo que el Satisfaction de los Rolling es al rock” (A. Montes, periodista)

“Bienvenidos al club, el espectáculo está servido.” Andrés Montes me cautivó la primera vez que lo escuché hablar. La voz hueca, profunda. Casi puede decirse que cobijaba un eco en sus cuerdas vocales. Su aspecto pintoresco de pajarita, americana y gafas de culo de vaso le podría haber hecho pasar perfectamente por el tío profesor de matemáticas del Príncipe de Bel-Air. “Soy como Eddy Murphy en El profesor chiflado”, se definió una vez durante una retransmisión. “A mí me recuerdas más a un personaje de Austin Powers”, le respondió divertido Juanma Iturriaga.

Andrés Montes me enseñó a “vivir la magia del básket”, como solía decir. Con él aprendí que “jugón” rima con “pasión”. Jugón: aquél se se gusta y que gusta a los demás”, define su diccionario particular. Y él lo era. Vaya si lo era. “¡Cómo las enchufa!”, lo parafraseaba yo cada vez que me sorprendía con alguna genialidad de su verbigracia y facilidad para los juegos de palabras y asociaciones conceptuales.

Cada vez que me veía a mí mismo de madrugada, saltando en el sofá y con la boca abierta por la emoción, no tenía más remedio que rendirme a su genialidad y, de nuevo robándole una de sus muletillas, preguntarme “¿¿por qué eres tan bueno??”

Ese loco consiguió que me enganchara a un deporte extraño y desconocido en que diez gigantones bastante feos jugaban el balón con las manos (¿qué pasa, no tenían agallas para intentarlo con los pies?) para intentar colarlo en un aro (tarea que, sin un portero que defendiese la meta, se aventuraba bastante sencilla. “Así yo también metería 20 goles por partido”, pensaba).

La Sexta lo fichó como estrella mediática para el Mundial de fútbol de Alemania. No nos engañemos, fue una de las grandes decepciones de la cita. Aunque peor estuvo la selección de Brasil, pero eso es otra historia. Como comentarista de partidos de fútbol era bastante limitado. Vocabulario pobre, impreciso, para nada descriptivo y experto en hablar de cualquier chorrada excepto de lo que ocurría en la cancha. El futbol, un deporte con largas fases de poca tensión, le quedaba excesivamente grande a su escasa capacidad para improvisar con cierta coherencia. Por eso muchos lo aborrecieron y le llovieron las críticas.

Pero su magnetismo personal me enamoró cada una de las veces que le oí retransmitir un partido de baloncesto. Nervio puro, tremendismo, exclamaciones, onomatopeyas y expresiones rocambolescas pintaban de color y emoción un paisaje de intensidad, precisión y lucha permanente contra el reloj como es el básket. Un estilo que, a los analfabetos de este deporte como yo, nos facilitaba el seguimiento del juego y nos amenizaba la velada. Y, por qué no, nos alegraba un poquito más la existencia. Porque la lección más importante que me llevo de Montes es, sin duda, que “la vida puede ser maravillosa.” “Todos los jugones sonríen igual”, decía siempre. Gracias, Andrés, por dejarme sonreír contigo.

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Oct 082009

Cómo definir el espíritu de este blog… Cómo transmitirte a ti, lector, qué voy a pretender con cada uno de mis artículos. De qué forma voy a plasmar lo que siento. A qué recursos apelaré para sintonizar contigo, para conseguir esa conexión “que por distante y limpia y esencial no provoca el sufrimiento”, como dijo el poeta. De qué modo voy a arrancarte esa sonrisa, ese escalofrío o esa lagrimilla de emoción. Conmoverte cuando me leas, del mismo modo que yo me conmuevo mientras escribo.

Una persona cercana me hizo llegar hace unos días un párrafo que logró despertarme sensaciones parecidas a las que busco. Creo que interpreta con bastante atino mi cosmovisión ligada al mundo del fútbol. Si se me permite, me serviré de un fragmento para exponer mi hoja de ruta en este proyecto:

Cómo explicarte lo que es el amor, si nunca te has puesto la camiseta de tu club. Cómo explicarte lo que es el dolor si jamás la mala suerte te ha dado en el travesaño, y cómo explicarte lo que es llorar si nunca has perdido un partido en el último segundo por un fallo dudoso.

Cómo explicarte lo que es el cariño, si nunca la picaste por encima del portero mientras el defensa se tiraba inútilmente para intentar detener el balón, o cómo explicarte lo que es el placer si nunca has ganado un clásico.

Cómo explicarte lo que es la poesía si nunca has clavada una falta en la escuadra ni has caracoleado al borde del área escurriéndote, dejando a los defensas tirados como moscas. Cómo explicarte lo que es el arte, si nunca has inventado una asistencia de la nada, parando el tiempo. Cómo explicarte lo que es la amistad si nunca has metido un pase entre líneas al borde del fuera de juego. Cómo explicarte lo que es el gozo si jamás has marcado un ‘hat-trick’.

Cómo explicarte lo que es el esfuerzo, si jamás te has matado en un entrenamiento. Cómo explicarte lo que es el pánico, si nunca te han empatado un partido que ganabas por tres goles en el descanso. Cómo explicarte lo que es morir un poco, si jamás has perdido una final…

Cómo explicarte lo que es “tirar juntos” si nunca has jugado en equipo, ni lo que es la solidaridad si nunca apoyaste al centro del campo para robar la pelota. Cómo explicarte lo que es la soledad si nunca te has desmarcado para nada porque tu compañero no te vio. Cómo explicarte lo que es el egoísmo, si nunca has tirado a puerta cuando dos compañeros te la pedían en mejor posición que tú.

Cómo explicarte lo que es la música, si jamás has cantado para alentar a tu equipo. Cómo explicarte lo que es la injusticia si jamás te ha ‘robado’ un árbitro. O cómo explicarte lo que es el odio, si nunca has cometido el error que hace perder un partido.

Cómo explicarte qué es la vida… si nunca has jugado al fútbol.

La autoría del texto es un misterio que aún no he logrado desentrañar, por eso no la cito. Sea como sea, lo importante es la esencia, el identificarse con estas líneas. Como cantaba Alondra en el himno del Mundial de Alemania 2006, “porque la vida es así: porque la vida es fútbol.”

Sean bienvenidos y, una vez más, “gracias por sonreír conmigo”.

Las emociones del fútbol

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