Andrés Iniesta celebró su partido 200 con una soberbia actuación. Lo bordó en cada pase, en cada toque, en cada jugada, en cada desborde. Don Andrés, por fin, volvió a rayar a un nivel prácticamente como el de la pasada temporada. Le ha costado dejar atrás la lesión muscular que le martirizó en verano, pero Iniesta ha regresado para encarar el tramo decisivo de la campaña, cuando más lo necesita el Barça. Y, además, lo adornó con una reedición de la que quizás sea la jugada más recordada que hizo el año pasado. Un palmo de terreno, dos rivales, una media vuelta… y piel de gallina. Puro arte.
Iniesta en el Bernabéu, burlándose de todo el madridismo:
Iniesta en el Camp Nou, deleitando al respetable culé:
Iniesta también tiene canción. Hace unos días colgué la canción oficial de Leo Messi. Hoy os dejo una que encontré dando vueltas por youtube cuyo autor desconozco. Advierto que es pegadiza, y encarna la alegría v la vivacidad que desprende el manchego cuando juega:
Volvió el Cristiano guapo, volvió el Cristiano feo. El niño de los musculitos apagó los fuegos de alarma que se habían encendido en Madrid porque aún no había marcado en 2010. Cris se (nos) ahorró el trago de ver titulares del estilo CRISIStiano o derivados en la prensa. El Dr. Jekyll marcó dos goles que dieron la victoria a un Madrid que, sin saber muy bien a qué jugar, doblegó al Málaga con facilidad.
Un gol de oportunismo y otro precioso. De potencia, de precisión, de atrevimiento, de genialidad. Parecía que había vuelto la mejor versión del chico de los 94 ‘kilitos’ cuando Mr. Hyde despertó e hizo trizas el elegante traje de etiqueta que había urdido CR9 durante el partido. Recibe de espaldas, le agarran, se zafa soltando el brazo. Pega al aire, intento fallido. Su marcador insiste, él no será menos. Diana: codazo certero y tabique nasal roto.
Otra expulsión por jugar sucio. Otra rabieta de niño mimado, con actitud arrogante, que se cree superior y digno de no ser tocado por los demás. ¿Qué tendría que haber hecho Messi con Marc Valiente, por poner un ejemplo, hace unos días, pues? ¿Qué tendría que hacer Ibra, que no sólo recibe codazos y golpes por doquier sino que le pitan más faltas a él que a los defensas? ¿Qué tendría que hacer Iniesta, el que nunca se rebota? Andrés ya se lo intentó explicar a Cristiano Ronaldo durante el clásico, pero el portugués se ve que le escuchó poco.
No podrá ser nunca el mejor jugador del mundo con esta actitud. La primera expulsión rabieta, ante el Almería, ya le apeó de Mestalla. Esta semana se pierde Riazor. Un futbolista que ‘se borra’ y deja plantado a su equipo en dos de los campos más difíciles de la liga no puede ser nunca un buen compañero ni una buena pieza en el engranaje que debe ser un equipo. Siempre va a chirriar. La primera vez pidió perdón. Mera pantomima, como demostró ayer.
Siempre ha sido un maleducado y un soberbio y no va a cambiar ahora. Esta vez se atreve a alzar la voz y negar la evidencia, a defenderse cuando ha sido el agresor. Él, que pide tarjetas en cada piscinazo que comete. Ayer agredió a un rival con vileza. Cada cuál es libre de actuar como plazca, pero luego no puede esperar ni mucho menos reclamar según qué privilegios o reconocimientos. Ya se sabe, el que siembra…
El gol más amargo de su vida. Pretendido por el Barça el pasado verano, tasado a precio de ‘crack’ por Lendoiro, ahora el Madrid se interesaba por él. Una de las revelaciones de la liga la pasada temporada, una de las sensaciones en la presente. Máximo goleador de su equipo pese a ser lateral izquierdo, ‘O Inagotable’ sonaba con firmeza para ser uno de los elegidos en la misión de ganar el sexto Mundial para Brasil. 24 años, plena madurez futbolística, una progresión ‘in crescendo’ que auguraba que a partir de junio no le iban a faltar las ‘novias’: grandes no sólo del fútbol español sino también europeo se destaparían como pretendientes a contratar a uno de los mejores carrileros zurdos.
Récord de partidos consecutivos, llevaba 82 encuentros concatenados en las alineaciones del Depor. Rápido, atrevido, llegador, inteligente, un habitual en el área contraria, cómodo en terreno enemigo. Hasta que Gorka, en una acción desafortunada en la que ‘cantó’ por alto, se precipitó sobre su tobillo y lo desarticuló. Jugada desgraciada, nunca hubo un resquicio de mala intención, ni siquiera voluntad de contacto en el guardameta del Athletic, de eso que nadie dude. Fue un encontronazo fortuito que, si pudiera, el portero no dudaría en borrar. Pero lo único que se ha borrado es la participación de Filipe Luis en lo que queda de Liga y en el Mundial.
Fractura de peroné y luxación de tobillo. Lesión muy grave, sin fecha de regreso. Las lágrimas de Lotina, la consternación de Lendoiro, el horror en las caras de sus compañeros, el pánico en el rostro de Manuel Pablo. El defensa canario vio el holograma de su lesión ocho años atrás, cuando en septiembre de 2001 se rompió tibia y peroné tras una entrada de Giovanella en un ‘derbi’ Depor-Celta caliente, de los de antaño. Tardó un año y una semana en reaparecer, y las secuelas de la lesión no le permitieron jugar con regularidad hasta la tercera temporada. Su rotura también le privó de un Mundial cuando se lo ‘rifaban’ los grandes equipos de la liga. Vidas paralelas, la historia se volvía a repetir. Volvió a jugar, pero nunca volvió a ser el mismo.
La lesión de Filipe, por suerte, no es tan grave como la suya. El brasileño ha perdido el billete del Mundial y el tren de los grandes de Europa para el verano que viene. Pero las secuelas de su lesión, si se recupera bien, pueden no ser tan graves. Se le ha roto la trayectoria que lo tenía que llevar a un equipo campeón con escala en Sudáfrica. Pero no por ello se le ha roto la progresión. Necesita ser muy fuerte mentalmente, no hundirse, no rendirse. Luchar para volver. El camino hacia la cumbre se ha hecho más largo y más empinado. Pero no por ello más inalcanzable. Que vuelva. Da igual si pronto o tarde. Pero que vuelva como es.
Ha vuelto. Ya es oficial, ya puede gritarse a los cuatro vientos: el mago que deslumbró al universo futbolístico durante la última década ha resucitado. ‘Hat Trick’ a modo de catálogo de su repertorio, y ya lleva más goles (9) que Samuel Eto’o (8) en lo que va de temporada. El primero, a balón parado, de penalti. Con seguridad, con firmeza, con precisión, con potencia. El segundo, de cabeza. Cuando estaba en la cumbre, cuando se debatía si era o no el más grande de la historia, se le achacaba que nunca marcaba con la testa. Pues desde que está en Milan lleva unos cuantos. Y el tercero, un golazo con todas las de la ley. Arranque en una décima de segundo y disparo con ese cañón que aún guarda en su pierna derecha para que el efecto centrífugo dirija el balón a la escuadra del Bari. Véanlo en el siguiente vídeo:
Leonardo ha conseguido que el Gaúcho recupere la humildad, el esfuerzo, las ganas de luchar y la capacidad de sacrificio. Ronaldinho se ha recuperado a sí mismo. Ha recuperado la sonrisa. La sonrisa del niño travieso que lleva dentro y que recuerdan sus tíos y primos de Porto Alegre cuando se les pregunta por él. La sonrisa que nunca debería haberse borrado tras el verano de 2006, cuando empezó el declive del brasileño tras la decepción del Mundial de Alemania.
Ronaldinho es un tipo especial. Generoso, alegre, humilde, sociable, solidario. Su carácter es el del ‘anticrack’, el de un ‘crack’ del pueblo que se quedó vacío de tanto dar. Nunca un no a una foto, a un autógrafo, a un simple guiño. Y siempre con una enorme sonrisa sincera. Los brasileños juegan al fútbol para hacer feliz a la gente, y en eso Ronnie es el máximo exponente. Su actitud dentro y fuera del campo convirtió al Gaúcho más que en un futbolista, en una forma de entender la vida. “Transmite felicidad y ganas de ganar”, decía Frank Rijkaard cuando era su entrenador en el Barça.
Ha nacido y ha vivido siempre por y para el fútbol. El brasileño aparece acompañado por la pelota en casi todas las fotos de su infancia. “¿Para qué voy a estudiar, si voy a ser futbolista?”, le solía rechistar a su madre. Desde el día en que su padre le regaló un balón en su primer cumpleaños y aprendió sus primeros regates con su perro y los muebles de casa. Su padre ya profetizó que sería el más grande antes de abandonarlo prematuramente. Por eso Ronaldinho se santigua, se besa la mano y mira al cielo con los ojos humedecidos después de cada gol que logra.
Patrocinadores y multinacionales llegaron a controlar su vida. Estaba rodeado de tanta gente que se sintió más solo que nadie. Las salidas nocturnas pasaron de ser una simple distracción de la rutina a un refugio de su vida personal y profesional. Después de alcanzar su cénit en 2006 tuvo un colapso psicológico y sucumbió a la presión que venía atormentándole desde la infancia. La muerte de su padre cuando tenía ocho años. La lesión de su hermano mayor cuando empezaba a despuntar como estrella precoz. Una familia que vivía en la miseria en el sur de Brasil. Una vez en la cima se liberó de toda esa presión y se derrumbó. Su talante festivo y despreocupado le impidió desarrollar una mentalidad fuerte para resistir en la cumbre, y no pudo más que ver con impotencia cómo se derrumbaba todo lo que había construido.
Pero Ronaldinho ha vuelto. Maradona en su momento lo tuvo claro: “es el mejor con diferencia, allí donde todos juegan tensionados él es capaz de hacerlo sonriendo”. La felicidad es la clave de su fútbol. “El fútbol es un juego, es un deporte, es una fiesta para disfrutar y hacer disfrutar. Hay que jugar al fútbol sonriendo”, firmó en su carta de despedida a la afición culé. Y Ronaldinho vuelve a sonreír. El fútbol vuelve a sonreír. Ronaldinho vuelve a disfrutar y todos lo volveremos a hacer con él. Incluso Lula Da Silva, el presidente de Brasil, declaró hace poco que Ronnie puede ser “el arma letal de la ‘Canarinha’ en el Mundial”. Bendito dilema para Dunga, que prácticamente había descartado a Ronaldinho para la cita de Sudáfrica.
Ahora vuelve a acariciar el balón con ternura. Le guiña el ojo, le susurra y lo mima. Parece que después de un paréntesis que se ha hecho eterno, han recuperado su idilio. El Gaúcho ha vuelto a trasladar al terreno de juego la simbiosis perfecta que inventó entre sus dos grandes pasiones: el fútbol y la música. La percusión, el ritmo epiléptico que Ronaldinho traduce en su juego eléctrico y dinámico y que culmina con un baile de samba cada vez que marca un gol. Ronaldinho ha vuelto. Que sonría el fútbol.
Les dejo, también, el resumen completo del partido Milan-Siena con el resto de goles. El 2-0, obra de Borriello, también es un golazo que vale la entrada:
Control de guante blanco, cabeza fría, toque sutil. Sólo 22 años y Leo Messi ya ha superado el centenar de goles oficiales con el Barça. Goles de bellísima factura, como la vaselina el domingo pasado ante el Tenerife. Demostraciones de potencia, velocidad y técnica, como el ‘maradonazo’ ante el Getafe. Preciosista belleza plástica, como el cabezazo ante el Manchester en la final de Champions. Dotados de gran carga simbólica y emotiva, como el gol con el escudo y el corazón en Abu Dhabi. Es el sello de Messi, la estampa del “Pie de Oro”, como titula la canción oficial de Leo Messi, que interpreta La Banda del Tigre Ariel. Por si no la conocen, se la dejo en un vídeo. Nuevas felicitaciones para Leo.
“Para jugar al fútbol no se debe sufrir. Lo que se hace sufriendo no puede salir bien” (’Charly’ Rexach, ex jugador y ex entrenador del FC Barcelona)
Adebayor, uno de los más consternados
Déjenlos volver. Tres muertos (el segundo entrenador, el jefe de prensa y el chófer del autobús de Togo) y dos heridos de gravedad son más que suficiente para suspender la Copa de África. Tengan un poco de humanidad y dejen de pensar por un momento en la chorreada de millones que se van a ir al mar. Cuando se organizan grandes eventos de foco mundial en zonas conflictivas se asume el riesgo de que atrocidades como ésta puedan ocurrir. Quisieron ofrecer una visión buenrollista al mundo, disfrazar la realidad social de algunos países del continente negro, aparentar que la situación civil en Angola permite llevar allí un torneo de primera categoría. No les salió bien, no pudieron ocultar un conflicto que ahora está más presente que nunca a los ojos del mundo.
Demuestren que aún les queda un resquicio de dignidad humana, que su mundo no se mueve sólo por el negocio, y suspendan el torneo. Permitan que estos hombres que tienen familia, hijos, que juegan con el corazón, vuelvan a sus hogares. La mayoría ya sobrevivieron una vez a los conflictos bélicos de guerrillas en sus poblados tercermundistas. Ayer miraron a la muerte a los ojos otra vez. Afloraron antiguos miedos, viejos traumas. No les pongan en la boca del lobo otra vez. El fútbol les permitió escapar de la vida infrahumana de África para convertirse en iconos multimillonarios del primer mundo. Pero todos siguen llevando el continente negro en el corazón. No les obliguen a elegir. Togo se retira, Ghana prácticamente es seguro que también lo hará por solidaridad. Y por miedo, claro. Todos estan asustados. Ni los sueldos más astronómicos del mundo justifican que deban arriesgar su vida por el torneo. Suspéndanlo y déjenlos volver.
“Si perdéis, seguiréis siendo el mejor equipo del mundo. Si ganáis, seréis eternos”, dijo Pep a sus hombres antes de saltar al campo. Serán eternos. Quizás, algún día, alguien pueda llegar a igualarles. Pero ya nadie los podrá superar. Son los más grandes de la historia por méritos propios. Trabajo, humildad, sacrificio. Voluntad, entrega, lucha, ganas. Satisfacción. Recompensa. Grandeza sin parangón. Enhorabuena campeones, la historia es vuestra.
Pep Guardiola es un elegido. Hace unos días felicité a Messi por su Balón de Oro con el poema Si, de Rudyard Kipling. Las lágrimas de Guardiola me hicieron ver que en realidad es el técnico del Barça el que cumple todos y cada uno de los requisitos “para ser un Hombre, hijo mío.”
Guardiola: cabeza fría, corazón caliente
Guardiola es quien mantiene la calma cuando los demás la pierden y le critican a él si el Barça hace un partido gris u obtiene un mal resultado. Confía en si mismo cuando los demás dudan de él, y al mismo tiempo logra comprender las dudas que genera. Sueña, claro que sueña. Como todos. Pero él no se convierte en esclavo de sus sueños. Las multitudes lo aclaman, pero no por ello pierde la inocencia. Caminará en la historia junto a los más grandes, pero siempre llevará la humildad como consigna y como bandera. Guardiola no teme al triunfo ni al fracaso, y se enfrenta a ambos de la misma forma. Sólo él es capaz de llenar ese minuto de gloria con sesenta segundos que miran al futuro, ambicionar los retos que están por venir en vez de conformarse con lo que ya conseguido, por muy grande que sea.
Por eso gana. Por eso su equipo nunca baja los brazos y siempre muestra el mismo deseo, la misma hambre, las mismas ansias de victoria, de títulos y de gloria. Un buen amante de la literatura me confesó que lloró la primera vez que leyó el poema de Kipling y se sintió retratado en él. Por eso mismo lloró Guardiola. Conozca o no la composición del poeta, ha sabido huir de Los hombres huecos que describió Thomas S. Eliot y conseguir la plenitud del hombre que profetizó su contemporáneo Kipling.
Se ha escrito y mucho sobre Guardiola estos días. Pero no hay perfil más real, retrato más fiel de la personalidad del técnico blaugrana que el ideal de plenitud del hombre que diseñó Rudyard Kipling. Se lo dediqué a Messi porque puede llegar a lograrlo. No puedo evitar volver a ponerlo y dedicárselo a Guardiola, pues es el paradigma perfecto de su contenido.
IF (Si) – Rudyard Kipling
Si puedes mantener la calma cuando todos los que te rodean
la estén perdiendo y te culpen a ti;
Si puedes confiar en ti mismo cuando los demás duden de ti
y al mismo tiempo puedes comprender sus dudas;
Si puedes esperar y no desesperar,
o, aun sabiendo que te mienten, no caer en el engaño;
O saber que te odian y no sentir odio,
y aún así no parecer superior ni hablar con excesiva sabiduría;
Si puedes soñar – y no convertirte en esclavo de tus sueños;
Si puedes pensar – y que las ideas no sean tu objetivo;
Si puedes enfrentarte al Triunfo y al Fracaso
y tratar a estos dos impostores de la misma forma.
Si puedes lograr que se conozcan las verdades que has dicho
aunque sean tergiversadas por truhanes para engañar a los necios,
o contemplar cómo se rompen las cosas por las que diste tu vida
e inclinarte a reconstruirlas con herramientas gastadas;
Si puedes acumular todas tus ganancias
y arriesgarlas en un solo envite,
y perder, y empezar de nuevo, desde el principio,
y no mencionar ni una palabra acerca de la derrota;
Si puedes forzar a tu corazón, y a tus nervios, y a tus tendones
para que trabajen por ti después de que te hayan abandonado
y así aguantar cuando nada en ti hay
excepto la Voluntad, que les dice: “¡RESISTID!”
Si puedes hablar con las multitudes y mantener la inocencia
o caminar junto a Reyes sin perder el contacto con la humildad;
Si ni enemigos ni amigos verdaderos pueden herirte,
si todos cuentan contigo pero nadie lo hace en gran medida;
Si eres capaz de llenar ese minuto de gloria
con sesenta segundos que miran al futuro,
tuya es la Tierra y cuanto en ella existe,
Y -lo que es más importante- SERÁS UN HOMBRE, ¡HIJO MÍO!
Cuántas veces nos convertimos en esclavos de nuestro pensamiento y ahogamos a nuestros sentimentos con la razón. Messi nos enseñó que en ocasiones hay que dejarse arrastrar, literalmente, por el corazón. Dejó que el impulso de sus latidos lo empujara y que la fe lo condujera al triunfo. Leo la clavó con el escudo, con el emblema de los colores que simbolizan el sentir de tantos otros corazones.
El instinto, no más. Actuar en vez de pensar. Sentir en vez de razonar. Reaccionar al estímulo con valentía, con decisión, sin cuestionárselo. Porque a menudo sólo podemos lograr lo que desea el corazón si no dejamos que nos limite el pensamiento. Confiar, y no subestimarnos. Messi no se paró a pensar que el balón caía muy lejos para poner la bota. No reparó en que bajaba demasiado deprisa para meter la cabeza. Simplemente abrió los brazos y voló como un ángel. Como un semidiós caído del cielo que solventó cual Deus ex machina la tragedia épica griega con argumento heroico en la que se había convertido la final. Nunca lo había visto celebrar un gol con tanto sentimiento, con tanta rabia, con tanta entrega. Con tanta pasión.
Y Guardiola lloró. Se liberó de la tensión acumulada y estalló en un llanto que derrumbó todas las angustias. Un gol ilegal en contra. Dos penaltis clamorosos a favor omitidos. Un rival duro en exceso que practicó el antifútbol, ni jugó ni dejó jugar. Un árbitro demasiado permisivo con unos y muy estricto con otros. Nada pudo detener al Barça. Nadie ha podido hacerlo en los últimos quince meses y evitar que se corone como el equipo más grande de la historia. Las lágrimas, los sollozos de Guardiola son el reflejo material del vértigo, la plenitud de llevar a la cima mundial y marcar un hito histórico con el club de tu corazón.
Una nueva página preciosa para la novela romántica que es el Barça de Pep. Amante de la poesía, los versos que componen los futbolistas en cada jugada escriben cada día otro capítulo de la historia de amor del Barça de Guardiola. Apareció una vez más el talismán Pedro para iniciar el milagro con su gol de oportunismo. Entró contra todo pronóstico Jeffren, que tiró del carro como un veterano, revolucionó el partido y cargó con gran parte de la responsabilidad. Un ejemplo más de que la prolífica cantera del Barça no tiene fin y sigue regalando talentos por doquier.
Los ya consagrados Valdés, Puyol, Piqué, Busquets, Xavi y Messi. Los emergentes Pedro y Bojan. El fuera de serie Iniesta, ayer ausente y muy añorado. Además, la estrella Ibrahimovic, que ha disipado todas las dudas sobre su calidad infinita. Los cracks de ‘clase media’ como Touré, Keita o Alves. Trabajadores esforzados como Henry o Abidal. El artífice de todo, Guardiola. La efeméride de las seis copas es el triunfo de un grupo de hombres que aman este deporte. Que juegan con el corazón. Que nos llenan a todos de amor…
Templanza. Sangre fría. Eslálom majestuoso de Iniesta por la izquierda. El holograma de Laudrup se transformó una vez más en ese ocho paliducho de boquita de piñón. La ‘croqueta’ de Andrés en el control con el que inicia su jugadón emula la elegancia y la sobriedad del danés en sus años de esplendor. Se adorna con unas bicicletas dignas del mejor Zico para entrar en el área. En el momento preciso, cuando los defensas ya no lo esperan, asiste a Pedro. Qué listo es el canario. Cómo lee la jugada. El dríbling hacia fuera de Iniesta que arrastra al defensa y crea el hueco por donde tiene que entrar el menudo extremo. Y en esa milésima de segundo se congela el tiempo y el balón pasa por donde no hay espacio, por ese hueco que no existe, para llegar a los pies de Pedrito. Simplemente sensacional, emocionante, embelesador.
No se puso nervioso. Con el control encaró la portería y esperó. Sin que le temblara el pulso, mantuvo un duelo psicológico con el portero hasta que el cancerbero no aguantó, clavó la rodilla y se inclinó para cubrir el palo largo. Con seguridad, precisión y tranquilidad, Don Pedro la picó por el espacio corto para hacer entrar el balón en la portería y su nombre en la historia del fútbol. Un gol de combinación, de clase, de complicidad, de precisión, de preciosismo. Un tanto que nos recordó al Barça que nos enamoró el año pasado. Un honor que hace justicia al trabajo bien hecho. De un ‘metrosesenta’, un pequeño más de la cantera del Barça cuya astucia le permite ser un rey en tierra de gigantes.
Piel de gallina. Gran premio para un peón discreto que asume su papel secundario con digna resignación. Si se llamara Van der Peter o Pedrão y viniera de las grandes escuelas de extremos del Ajax o del Sporting de Portugal, afición y medios pedirían a gritos su titularidad y se escandalizarían cada vez que no juega o que cuaja un partido discreto. Es un arma de doble filo para él: no tiene la presión mediática que tantas carreras prometedoras tuerce, pero tampoco tiene la dosis de confianza que infunde el reconocimiento a gran escala.
Pedro ha tenido que trabajar en la sombra para lo bueno y para lo malo. Hasta convertirse en el primer futbolista de la historia en marcar en seis competiciones distintas el mismo año. Lo deseábamos hace unas semanas en este mismo blog. Finalmente se ha cumplido. Giuly, que llegó al Barça por unos 15 millones después de jugar la final de Champions como capitán del Mónaco, dijo que si marcaba diez goles en su primer año sería una buena temporada. Don Pedro ya los ha marcado y ni siquiera ha terminado la primera vuelta. Él sí tiene ganas y ambición. También tiene condiciones y calidad. Y mucho camino por recorrer. Enhorabuena Pedro, esto sólo es un principio.
“I used to rule the world…” El escalofrío es inevitable. Suenan las primeras notas de violín de ‘Viva la Vida’ de Coldplay y se nos ponen los pelos de punta a todos. Cerramos los ojos y vemos a Messi que se alza majestuosamente, gira el cuello con solvencia y acomoda con mimo en las mallas el centro de Xavi. Un balón suave. Más que un centro, una caricia. Recordamos el gesto de Eto’o golpeándose con rabia las venas para dedicar el gol a su padre. “Llevo tu sangre… y en la sangre llevo el gol”, parecía reivindicar. La imagen se desvanece y aparece Puyol en el Bernabéu. Besa el brazalete con orgullo, con entrega, con pundonor. Con ese coraje que sólo él tiene. El capitán levantó tres copas en mayo y dos más en agosto.
“Solía gobernar el mundo…”, recuerda melancólico Chris Martin con un tímido susurro. Hace unos meses el Barça gobernó España con la copa y la liga. Gobernó Europa con la Champions. Rubricó su dominio imperial con ambas Supercopas. Es la hora de dar un paso más. El definitivo. Es el momento de dominar, por fin, el mundo. Dar el salto definitivo, el golpe sobre la mesa que lo consolide como el club más grande del planeta. Es hora de recuperar la sintonía absoluta, la simbiosis perfecta entre cada uno los miembros del preciso engranaje de su esquema para alzarse con el cetro mundial. Por capacidad y por méritos, el Barça debe ganar el Mundialito.
“Feel the fear in my enemies’ eyes, listen as the crowd would sing…” Saltar al campo con la máxima concentración. Saludar al contrario con el máximo respeto. “Sentir el pánico en los ojos de mis adversarios, oír como canta la multitud…” El Barça es favorito. Todos los contrarios le temen. Todo el público lo vitorea, lo admira, lo apoya. Es el nuevo paradigma del fútbol mundial, debe responder a ese mérito con un reconocimiento oficial en forma de trofeo.
“People couldn’t believe what I’ve become”. Podría decirlo Messi, el niño que emigró de Argentina porque no podía crecer y ha acabado siendo Balón de Oro. Podría decirlo Iniesta, el crío que se pasaba el día llorando en la Masia porque echaba de menos a sus padres y ha llegado a ser el jugador más desequilibrante del planeta. Podría decirlo Piqué, el adolescente que se marchó a Manchester porque tenía las puertas del primer equipo cerradas. Podrían decirlo Puyol, Valdés o Xavi, cuya calidad para liderar al Barça se ha puesto en tela de juicio más de una vez. Cualquiera de ellos, si mira hacia atrás, podría pensar que hace unos años “la gente no podría creer lo que he llegado a ser”. Pero lo son. Su esfuerzo, sacrificio y talento innato les han llevado a ser la columna vertebral del que quizás es el mejor equipo de la historia.
El aire huele a grandeza. Se mastica un triunfo épico, una efeméride de las que pasan a la historia como gestas heroicas. El Barça puede cerrar en Abu Dhabi un ciclo victorioso sin precedentes y poner el contador a cero para empezar de nuevo a partir de enero. El triunfo es necesario para asestar el impulso definitivo a un club que lo merece. Para dejar atrás viejos complejos. Para evolucionar a la especie, pues se supone que las nuevas generaciones llegan para mejorar. Para acallar de una vez críticas injustas e infundadas. Este Barça se merece el respeto, el elogio, la admiración, el reconocimiento de toda persona que ame el buen fútbol. Es lo que pasa cuando “sueles gobernar el mundo”.